La música melancólica inunda mi habitación.
La atmósfera que creo entre mis sábanas solo es comparable con el aroma a café tras románticamente fuerte.
A veces Haux me abraza con sus rimas cuando me siento sola, otras tira de mi brazo para que caiga en su agonía.
Solo sé que en ocasiones el agobio me seduce tanto como la felicidad,
que deseo dejar más una sonrisa que el tabaco.
Que la vida y las ganas se me escapan sin yo saberlo.
Todo eso arrastrada.
Hasta que la filosofía me absorbe, tal vez no solo ella, y me siento un poco más viva.
Como si pintasen mi flor de rojo vivo.
La sociedad con su ignorancia, arrogancia e impertinencia a veces consigue arrancarme un pétalo de ganas, otra es mi exigencia desesperada la que consigue que mis tobillos se debiliten. Como si un simple número identificase mi sabiduría, mi forma de aprender, saber y pensar.
A veces caigo en un juego sin rumbo,
sin fin
y con ganadores fijos,
que no hacen más que pisotearme de una forma cruel.
A veces trepo por los nudos de su no tolerancia y poco a poco, uno a uno, arranco las pelusas de sus calcetines.
Por que al final, son iguales que yo.
Aunque parezca increíble.
Tal vez deba empezar a exigirme menos y disfrutar más.
A organizarme más y echar de mis pupilas el agobio que acaba derivando en ansiedad.
¿Sabéis lo que es llorar con la canción más bonita que nunca habéis escuchado sin razón alguna?
(Vídeo próximamente.)
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